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con fondos de

con fondos para desarrollo de

género 

no ficción


estado

post


país

Uruguay


lenguaje

español

francés

japonés


formato

HD color

16mm


duración

100 min

  

La Fundición del Tiempo

{largo no ficción}

Escrita y dirigida por Juan Alvarez Neme.


Un anciano doctor en árboles persiste en conservar la memoria del horror sembrando las semillas de uno de los pocos sobrevivientes del holocausto nuclear, un árbol de caqui.

En sus frutos va prendido un mensaje que debe perdurar en el tiempo.

En las antípodas, un domador apela al lenguaje ancestral, aquel que une a caballos y hombres a lo largo de las eras, para doblegar a un potro joven. En su accionar hay renuncias que alteran el orden natural.

Dos hechos en apariencia inconexos interpelan en silencio. El poder de la naturaleza, la capacidad de destruir y sanar del ser humano y el término salvaje, encadenado a la pérdida de libertad, atraviesan la historia de la civilización en un tiempo sin tiempo, donde no hay aquí ni ahora.

Una composición de pasto, árboles, río, animal y hombre, que con vigor, temple y un afán lacónico retrata un vínculo de alto contraste: la afirmación bestial del poder humano.

La fundición del tiempo cuenta dos historias. Cada una de las dos historias, a su vez, contiene un mundo de evocaciones sobre la naturaleza, las maneras de dominarla y la redención. En esta película los sobrevivientes conviven con los muertos en un mismo ámbito hecho de presente y de memoria. La joven Keimi le pide al doctor Ebinuma que cuente su historia. El bosque y Keimi son testigo de un relato que el señor hace con voz clara y sin rodeos. Una bomba estalla en Nagasaki y cunde el más pavoroso de los desastres, uno que se cuece en la muerte instantánea de personas inocentes, y que deja su huella por doquier en todos rincones, en los lugares abandonados a último momento, en las vías que no sirvieron de escape, en las decisiones afortunadas y en el infortunio del azar y del caos. En las repercusiones del terror, del salvajismo, de la muerte. En la enfermedad que se gesta a raíz del bombardeo, y que late en un camino que de modo silencioso e inexorable llega hasta hoy.




Ebinuma observa un árbol deformado por el impacto de las radiaciones y decide curarlo. Sus cuidados devuelven la salud al árbol, y el hombre empieza una misión: la plantación de árboles de caqui como vía de resistencia, sí, pero también de paz. La gesta, la insurrección, se moldean con la paciencia con que se asa un pequeño pez (al decir del clásico Tao Te Ching: “asa un un pequeño pez como si gobernaras un gran imperio, gobierna un gran imperio como si asaras un pequeño pez”), en el trabajo con las semillas, con las mudas, con la tierra y con los bosques; en sus recorridos, o haciendo un alto en el camino.


El horror se combate con árboles. La crueldad y la barbarie, también con árboles. Este ensayo poético retrata la epopeya desde la observación minuciosa y nítida de la cotidianidad del doctor Ebinuma, y desde la curiosidad viva e inocente de Keimi, una muchacha que entre la verdad y la bruma aparece como representante de un mundo y una humanidad que se perdió con la bomba, o como representante del mundo nuevo que rebrota en medio de un bosque infinito.


La ensoñación inicial se desdobla en una segunda parte que presenta a Pierre, un hombre que doma caballos mediante la palabra en un campo uruguayo. Cerca de la costa de un río, cerca de algún árbol de caqui, un hombre atraviesa un monte y se interna tras los pasos de una manada de caballos salvajes. La estrategia se va haciendo evidente a medida que el hombre avance, sigiloso, expectante. Es el discurso lo que templa el carácter rebelde del animal. Las palabras que el hombre escoge. El fraseo. La cadencia. La partitura que entre todas las palabras y todos los silencios se compone para afirmar un vínculo de sometimiento. Una historia que se cuenta en los movimientos del hombre, en la coreografía de su acechanza, en su manera de hablar, que a veces parece amorosa y a veces se siente salpicada por la lascivia, que se ve y se escucha con la desconfianza alerta con que observamos a quien nos dice palabras bonitas sin otro fin que el de cazarnos o hacernos perder pie.


En La fundición del tiempo la mirada aprecia el paso de las estaciones, la copa de los árboles, la necesidad de apegarse a una rutina y de multiplicar una gesta que combata una brutalidad que en el reverso de esta historia pendula entre el animal y el humano.

Una composición de pasto, árboles, río, animal y hombre, que con vigor, temple y un afán lacónico retrata un vínculo de alto contrate: la afirmación bestial del poder humano.


Inés Bortagaray

 

“El cine ya relató la tragedia nuclear en Japón, poniendo el foco generalmente en Hiroshima, en forma de dramas íntimos, epopeyas históricas, melodramas familiares. Esta película elige posarse en Nagasaki y, puntualmente, en las secuelas que hoy persisten en los árboles. Decisiones que caminan por una vía lateral y que se replican en los modos que adopta, siempre sorprendentes en su estructura, en su laborioso y exultante trabajo con la imagen. Película en dos continentes y en dos tiempos, que se ramifican extendiéndose al pasado y haciendo de la experiencia en pantalla un único viaje, acá y allá, crecano a la ensoñación. Sin anclaje definitivo, en La fundición del tiempo, la bruma deviene palabra; el sonido, música y después imagen, evocando los ritmos naturales. “

Magdalena Arau - Programadora Bafici